Carlos Páez Vilaró e a Casa Pueblo

O artista

Carlos Paez VilaróFoto: Wagner T. Cassimir

Empresário, pintor, arquiteto, cineasta, escultor, escritor, ceramista e, ainda por cima, dono de uma casa maravilhosa com vista privilegiada para um pôr-do-sol magnífico, a Casa Pueblo, Carlos Paez Vilaró nasceu em 1º de novembro de 1923, em Montevideo. Com menos de 18 anos, se mudou para Buenos Aires em 1939, voltando para Montevideo no ano seguinte. No final de 1940, começou a desenvolver dentro do guri de apenas 17 anos um certo interesse pela cultura afro-uruguaia, interesse esse focado principalmente nas danças Comparsa e no ritmo Candombe. É óbvio que, com toda essa curiosidade a respeito da cultura dos negros, Carlos tenha vindo ao Brasil, terra que acolhe a maior população de ascendência africana da América Latina. Mais que isso, a maior população de ascendência africana do hemisfério ocidental. Depois dessa viagem, vieram outras: França, África, EUA.

O primeiro casamento do artista durou pouco, mas dele nasceram três filhos. Um deles, Carlos “Carlitos” Páez Rodríguez, jogador universitário de rugby que, em 13 de outubro de 1972, se encontrava no avião da Força Aérea Uruguaia, voo 571, que carregava o time dos Old Christians e que caiu na Cordilheira dos Andes, perto da fronteira que separa Mendoza (Argentina) do território chileno. Vilaró foi pessoalmente ajudar na busca por sobreviventes. Dos 45 passageiros, apenas 16 sobreviveram, inclusive o filho do artista. Da angústia de quase perder um filho, nasceu um livro. O livro de Vilaró sobre o acidente acabou virando um sucesso de Hollywood. Em 1976, Carlos conheceu Annette Deussen, turista argentina com quem teve um filho em 1984, mas ela era casada. Annette separou-se do marido em 1986, podendo, finalmente, casar com Vilaró em 1989.

Carlos Páez Vilaró compôs peças musicais, escreveu poemas, conduziu orquestra, decorou bongôs, pintou quadros, criou murais, e, durante a maior parte de sua vida, passou construindo, com suas próprias mãos, uma casa. O artista ainda continua fazendo tudo isso enquanto divide-se entre a Casa Pueblo e sua casa em Tigre.

A obra

Foto: Ellen Queiroz

Em 1958, Carlos decidiu investir em uma propriedade à beira-mar em Punta Ballena para ser sua casa de verão e ateliê. A casa era feita de lata e se chamava “La Pionera”. Com o tempo, o artista foi cobrindo-a de cimento e cal e pintando todo o seu exterior de branco, tornando-a a Casa Pueblo que conhecemos hoje, uma “escultura viva”. Frequentemente, Vilaró diz que as formas irregulares de sua construção referem-se a um pássaro típico do Uruguai chamado Forneiro. A casa é constituída de uma galeria de arte, um museu, um restaurante chamado Las Terrazas e um hotel, cujos quartos têm nomes de personalidades famosas que já se hospedaram lá, como, por exemplo, Brigitte Bardot, Vinícius de Moraes, Robert De Niro, e até o Pelé, entre outros. É um lugar de difícil acesso a deficientes físicos e idosos pois tem muitas escadas. Mas, apesar de tantos atrativos, o melhor da Casa Pueblo é a vista que ela proporciona aos seus visitantes do pôr-do-sol. O recolhimento do sol é celebrado com uma cerimônia em sua homenagem, onde hóspedes em suas varandas e visitantes escutam o poema Ceremonia del Sol, de Carlos Páez Vilaró, enquanto se emocionam com tanta beleza. Abaixo o (longuíssimo, pero lindo) poema da cerimônia:

Hola Sol …! Otra vez sin anunciarte llegas a visitarnos. Otra vez en tu larga caminata desde el comienzo de la vida.
Hola Sol…! Con tu panza cargada de oro hirviendo para repartirlo generoso por villas y caseríos, capillas campesinas, valles, bosques, ríos o pueblitos olvidados.
Hola Sol…! Nadie ignora que perteneces a todos, pero que prefieres dar tu calor a los más necesitados, los que precisan de tu luz para iluminar sus casitas de chapa, los que reciben de tí la energía para afrontar el trabajo, los que piden a Dios que nunca les faltes, para enriquecer sus plantíos, y lograr sus cosechas. Es que vos, Sol, sos el pan dorado de la mesa de los pobres. Desde mis terrazas te veo llegar cada tarde como un aro de fuego rodando a través de los años, puntual, infaltable, animando mi filosofía desde el día que soñé con levantar Casapueblo y puse entre las rocas mi primer ladrillo.

Recuerdo que era un día inflamado de tormenta, el mar había sustituido el azul por un color grisáceo empavonado, en el horizonte un velero escorado afinaba el rumbo para saltear la tempestad, el cielo se llenaba de graznidos de cuervos en huida, la sierra se peinaba con la ventolera alborotando a la comadreja y al conejo.
Pero de golpe como un anuncio sobrenatural el cielo se perforó y apareciste vos. Eras un sol nítido y redondo, perfecto y delineado, puesto sobre el escenario de mi iniciación con la fuerza sagrada de un vitreaux de iglesia. Desde ese instante sentí que Dios habitaba en ti, que en tu fragua derretía la fe y que por medio de tus rayos la transmitía por todos los sitios donde transitabas. Los mismos brazos de oro que al desperezarte iluminan el cielo, al estirarse a los costados entibian las sierras, o apuntando hacia abajo laminan el mar.

Hola Sol…! Cómo me gustaría haber compartido tu largo trayecto regalando luz, porque a tu paso acariciaste la vida de mil pueblos, compartiste sus alegrías y tristezas, conociste la guerra y la paz, impulsaste la oración y el trabajo, acompañaste la libertad e hiciste menos dura la oscuridad de los presidios.
A tu paso sol, se adormecen los lagartos, despiertan los girasoles y los gallos cacarean. Se relamen los gatos vagabundos, los perros guitarrean, y el topo se encandila al salir de la cueva. A tu paso sol, hay sudor en la frente del obrero y en los cuerpos de las mujeres cobrizas que alcanzan el cántaro de la favela. Con tus latidos conmueves el mar, das música a la siembra, la usina y el mercado.
A tu paso corrieron en estampida búfalos y antílopes, desperezó el león, se asombró la jirafa, se deslizó la serpiente y voló la mariposa. A tu paso cantó la calandria, despegó el aguilucho, despertó el murciélago y emigró el albatros.

Hola Sol…! Gracias por volver a animar mi vida de artista. Porque hiciste menos sola mi soledad. Es que me he acostumbrado a tu compañía y si no te tengo, te busco por donde quiera que estés. Por eso te reencontré en la Polinesia, cuando te coronaron rey de los archipiélagos de nácar y los arrecifes dentellados de coral, o también en Africa, cuando dabas impulso a sus revoluciones libertarias y te reflejabas en el espejo de sus escudos tribales para inyectarles coraje. Te estoy mirando y veo que no has cambiado, que sos el mismo sol que reverenciaron los aztecas, el mismo de mi peregrinaje pintando por América, el que envolvió la Amazonia misteriosa y secreta, el que me alumbró los caminos al Machupichu sagrado del Perú, el de los valles patagónicos o los territorios del Sioux o del comanche. El mismo sol que me llevó a Borneo, Sumatra, Bali, las islas musicales o los quemantes arenales del Sahara.

A diferencia del relámpago que apenas proyecta en la noche latigazos de luz, desde tu reinado planetario, tus destellos continúan activos, permanentes.
Alguna vez la travesura de las nubes oculta tu esplendor, pero cuando ello ocurre, sabemos que estás ahí, jugando a las escondidas.
Otras veces, en cambio, te vemos sonreír cuando las golondrinas o las gaviotas te usan de papel para escribir las frases de su vuelo.
Gracias Sol, por invadir la intimidad de mi atardecer y zambullirte en mis aguas.
Ahora serás la luz de los peces y su secreto universo submarino. También de los fantasmas que habitan en el vientre de los barcos hundidos en trágicos naufragios.

Gracias Sol…! Por regalarnos esta ceremonia amarilla. Gracias por dejar mis paredes blancas impregnadas de tu fosforescencia.
Entre ventoleras y borrascas, cruzando ciclones y tempestades, lluvias o tornados, pudiste llegar hasta aquí para irte silenciosamente frente a nuestros ojos.
Porque tu misión es partir a iluminar otros sitios. Labradores, estibadores, pescadores te esperan en otras regiones donde la noche desaparecerá con tu llegada.
Y como respondiendo a un timbre mágico despertarás las ciudades, irás junto a los niños a la escuela, pondrás en vuelo la felicidad de los pájaros, llamarás a misa.

A tu llegada, se animará el andamio con sus obreros, cantarán los pregoneros en las ferias, la orilla del río se llenará de lavanderas y entrará la alegría por la banderola de los hospitales.
Chau Sol…! Cuando en un instante te vayas del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo. La oscuridad, con su apetito insaciable penetrando por debajo de mis puertas, a través de las ventanas o por cuanta rendija encuentre para filtrarse en mi atelier, abriéndole cancha a las mariposas nocturnas.

Chau Sol…! Te quiero mucho…
Cuando era niño quería alcanzarte con mi barrilete. Ahora que soy viejo, sólo me resigno a saludarte mientras la tarde bosteza por tu boca de mimbre.
Chau Sol…! Gracias por provocarnos una lágrima, al pensar que iluminaste también la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y la de todos los seres queridos que ya no están junto a nosotros, pero que te siguen disfrutando desde otra altura.
Adiós Sol…! Mañana te espero otra vez. Casapueblo es tu casa, por eso todos la llaman la casa del sol. El sol de mi vida de artista. El sol de mi soledad. Es que me siento millonario en soles, que guardo en la alcancía del horizonte.

Carlos Páez Vilaró

Não deixem de ir. É imperdível.

COMO CHEGAR

Para ir à Casa Pueblo tem que pegar um ônibus da empresa COT, se não me engano (sempre bom perguntar), no terminal de Punta del Este. O trajeto do ônibus é Punta del Este-Montevideo, mas a Casa Pueblo fica em Punta Ballena. O ônibus vai te deixar no meio da estrada e tu vai ter que dar uma caminhadinha. Parece que são uns 3km, mas no caminho tem um mirante de onde dá pra ver Punta e tirar váaarias fotos. O problema mesmo, dizem, é a volta. Ter que andar até a estrada novamente e ficar tentando parar os ônibus, e eles nem sempre param. Dá pra tentar uma carona. As brasileiras que conheci em Punta, voltaram de carona. De táxi até a Casa Pueblo com certeza vai ser caro, mas talvez valha mais a pena, principalmente se for mais gente contigo. Lembre de pedir para o taxista te esperar.

3 comentários sobre “Carlos Páez Vilaró e a Casa Pueblo

  1. Pingback: O mundo fora do Aquário

  2. Pingback: Roteiro 5 dias no Uruguai | O mundo fora do Aquário

  3. Pingback: Roteiro 5 dias no Uruguai

Deixe uma resposta

O seu endereço de e-mail não será publicado. Campos obrigatórios são marcados com *